martes, 26 de noviembre de 2013

¿QUIÉN ES LA VIRGEN MARÍA?

 Es la mujer que escogió Dios para ser la Madre de nuestro salvador Jesucristo y Madre nuestra. Dios pensó en la mujer más buena y hermosa que jamás haya existido: MARÍA.
¿Cómo era la vida de la Virgen María?
Ella, como cualquier madre, trabajaba en su hogar, pero de una manera especial; sería imposible decir todas las VIRTUDES, o sea las cosas buenas que tenía la Virgen. Por mencionar algunas, María era una mujer HUMILDE, es decir sencilla; GENEROSA, que se olvidaba de si misma por los demás; CON UNA GRAN CARIDAD, amaba y ayudaba a todos por igual y una mujer que SERVÍA a José y a Jesús, su familia, con un gran AMOR y una gran ALEGRÍA. La Virgen era PACIENTE y quizá lo más hermoso que tenía era que ACEPTABA CONTENTA TODO LO QUE DIOS LE PEDÍA EN LA VIDA.
LOS DOGMAS SOBRE LA VIRGEN MARÍA
- La IGLESIA nos enseña 4 ¨DOGMAS¨, o sea, 4 cosas que debemos creer los católicos sobre la Virgen María. No dejes que otra gente trate de convencerte de lo contrario.
1. La INMACULADA CONCEPCIÓN.
Te acuerdas que te contamos que Adán y Eva desobedecieron a Dios; desde entonces todos los hombres nacemos con una mancha en nuestra alma que se llama PECADO ORIGINAL. Este pecado se borra cuando nos bautizan. Pues, la INMACULADA CONCEPCIÓN significa que la única mujer a la que Dios le permitió ser concebida y nacer sin este pecado original, fue a la Virgen María, porque iba a ser la madre de Jesús.
2. La MATERNIDAD DIVINA:
Esto quiere decir que la Virgen María es verdadera madre humana de Jesucristo , el hijo de Dios.
3. La PERPETUA VIRGINIDAD:
Significa que, como ya te explicamos antes, María permaneció VIRGEN toda su vida.
4. La ASUNCIÓN A LOS CIELOS:
La Virgen María, al final de su vida, fue llevada en cuerpo y alma al cielo.

viernes, 22 de noviembre de 2013

El papa nos alienta

La figura de María, "el ícono más expresivo de la esperanza cristiana", fue central en la meditación dictada por el Papa Francisco en la visita que este jueves realizó al Monasterio de San Antonio Abad de las Monjas benedictinas camaldulenses en el Aventino, con ocasión de la Jornada por la Vida Contemplativa y del Año de la Fe, que termina el domingo próximo.
"No sabemos esperar el mañana de Dios, queremos el hoy, no como María, para la cual el mañana de Dios es el hoy", aseguró el Santo Padre
Dulce María

jueves, 21 de noviembre de 2013

HISTORIA MARIANA

Refiere el P. Rho en su libro de los sábados, y el P. Lireo en su Trisagio Mariano, que hacia el año 1465, vivía en Güeldres una joven llamada María. Un día la mandó un tío suyo a la ciudad de Nimega a hacer unas compras, diciéndole que pasara la noche en casa de otra tía que allí vivía. Obedeció la joven, pero al ir por la tarde a casa de la tía, ésta la despidió groseramente. La joven desconsolada, emprendió el camino de vuelta. Cayó la noche por el camino, y ella, encolerizada, llamó al demonio en su ayuda. He aquí que se le aparece en forma de hombre, y le promete ayudarla con cierta condición. “Todo lo haré”, respondió la desgraciada. “No te pido otra cosa –le dijo el enemigo– sino que de hoy en adelante no vuelvas a hacer la señal de la cruz y que cambies de nombre”. “En cuanto a lo primero, no haré más la señal de la cruz –le respondió–, pero mi nombre de María, no lo cambiaré. Lo quiero demasiado”. “Y yo no te ayudaré”, le replicó el demonio. Por fin, después de mucho discutir, convinieron en que se llamase con la primera letra del nombre de María, es decir: Eme. Con este pacto se fueron a Amberes; allí vivió seis años con tan perversa compañía, llevando una vida rota, con escándalo de todos.
Un día le dijo al demonio que deseaba volver a su tierra; al demonio le repugnaba la idea, pero al fin hubo de consentir. Al entrar los dos en la ciudad de Nimega, se encontraron con que se representaba en la plaza la vida de Santa María. Al ver semejante representación, la pobre Eme, por aquel poco de devoción hacia la Madre de Dios que había conservado, rompió a llorar. “¿Qué hacemos aquí? –le dijo el compañero–. ¿Quieres que representemos otra comedia?” La agarró para sacarla de aquel lugar, pero ella se resistía, por lo que él, viendo que la perdía, enfurecido la levantó en el aire y la lanzó al medio del teatro. Entonces la desdichada contó su triste historia. Fue a confesarse con el párroco que la remitió al obispo y éste al Papa. Éste, una vez oída su confesión, le impuso de penitencia llevar siempre tres argollas de hierro, una al cuello, y una en cada brazo. Obedeció la penitente y se retiró a Maastricht donde se encerró en un monasterio para penitentes. Allí vivió catorce años haciendo ásperas penitencias. Una mañana, al levantarse vio que se habían roto las tres argollas. Dos años después murió con fama de santidad; y pidió ser enterrada con aquellas tres argollas que, de esclava del infierno, la habían cambiado en feliz esclava de su libertadora.